Nueve olas, un océano
El cosmos maya de nueve niveles y las Nueve Olas como escala contemplativa.
Por Prof. Luis Miguel Gallardo··6 min de lectura

Comencemos por lo que dicen las piedras, porque las piedras están fuera de toda disputa.
Los mayas alzaron su arquitectura más sagrada en nueves. El Castillo de Chichén Itzá se eleva en nueve plataformas escalonadas; también el Templo de las Inscripciones de Palenque, bajo el cual el rey Pakal fue depositado para viajar --- los textos son explícitos --- a través de los nueve niveles del inframundo. Nueve Señores de la Noche rotan eternamente por el calendario sagrado. Y en las inscripciones que hablan de los grandes finales de ciclo comparecen nueve dioses juntos: los Bolon Yokte' K'uh, la deidad nueve-en-uno de las transiciones, presente siempre que una era cede el paso a otra. Sea lo que sea lo que permanezca incierto de la cosmología maya, esto es granito tallado: para los mayas, el tiempo profundo tenía nueve pisos.
Comencemos por ahí, porque todo lo que sigue en este artículo es un enunciado de otra índole --- no epigrafía sino interpretación: una lectura contemplativa moderna de esa arquitectura de nueve plantas. Y merece señalarse como tal, con claridad, por una razón sencilla: la precisión honra a los ancestros. Los mayas no necesitan nuestros adornos; construyeron pirámides que todavía detienen varios miles de corazones dos veces al año. Pero su cosmos de nueve niveles ha inspirado, en nuestro tiempo, una meditación sobre la forma de la evolución misma demasiado hermosa, y demasiado útil, para dejarla sin examinar.
Quien más plenamente desarrolló esa lectura fue el investigador sueco Carl Johan Calleman, a partir de la estructura de la Cuenta Larga maya. La Cuenta Larga se compone de ciclos anidados --- días plegados en unidades de veinte, plegadas una y otra vez en lapsos cada vez más vastos --- y Calleman observó que su arquitectura de nueve niveles ascendentes podía leerse como una cronología de la creación: nueve «Inframundos» sucesivos o, en la imagen que hizo célebre el modelo, nueve olas, cada una gobernando una era del desarrollo, y cada una veinte veces más corta --- veinte veces más rápida --- que la anterior.
Extiéndanse las olas y aparece una extraña escalinata. La primera abarca miles de millones de años: la era de las células, de la materia aprendiendo a vivir. La siguiente, cientos de millones: la edad de los organismos complejos, de los mamíferos, de la sangre caliente y el cuidado de las crías. Luego decenas de millones: la mente primate. Luego la ola de los primeros humanos; luego la de las tribus; luego, en lapsos ya de apenas milenios, las olas de las culturas regionales, de las naciones, la escritura y la ley; luego --- en siglos --- la ola planetaria de la industria, la ciencia y la conexión global; luego, en simples décadas, una ola que Calleman asoció a la digitalización y al tejido del mundo en un único sistema nervioso. Y finalmente, comenzando (según su cálculo) en 2011, la Novena Ola: la más corta, la más veloz, la de mayor frecuencia --- la ola, propuso, de la conciencia de unidad, que oscila no en milenios ni en siglos, sino dentro del lapso de vidas humanas, de años, de días.
Sostenido con mano ligera --- como imagen antes que como dogma ---, el modelo nombra dos cosas que son sencilla y observablemente ciertas, y que casi nada en nuestro vocabulario conceptual nombra tan bien.
La primera es la aceleración. Sea lo que sea lo que se despliega en este planeta, se despliega cada vez más deprisa. La evolución cósmica tardó miles de millones de años en producir una célula; la biológica, millones en producir una mente; la cultural, milenios en producir una civilización; la tecnológica rehace ahora el mundo humano en menos tiempo del que tarda un niño en crecer. Cada capa del desarrollo corre, en efecto, a un ritmo aproximadamente un orden de magnitud superior al de la anterior: las nueve olas son, como mínimo, una manera inolvidable de trazar una curva que todo observador honesto ya ha sentido. No imaginamos el vértigo. Vivimos en el tramo empinado de una gráfica de nueve olas de altura, en la era en que las longitudes de onda se han contraído hasta el ancho de la atención humana. La pirámide siempre se estrechó hacia la cumbre; nosotros somos la generación de pie en la parte estrecha.
La segunda es la simultaneidad. En el modelo de las olas, la ola antigua no desaparece cuando comienza la nueva; las olas se superponen, todas sonando a la vez, como armónicos de un mismo tono. Y también esto nombra algo verdadero de nosotros. Todo ser humano vivo es, a la vez, una colonia de células surfeando la primera ola, un mamífero de la segunda, un miembro tribal, un ciudadano nacional, un consumidor planetario, un nodo del sistema nervioso digital --- y, en nuestros mejores momentos, un breve romper local de la novena: el destello de conciencia que no reconoce frontera alguna. Nuestros conflictos interiores son, muy a menudo, conflictos de olas: el armónico tribal en guerra con el planetario, el nacional con el unitario. Ser moderno es ser una pirámide entera intentando actuar como una sola persona. La imagen de las nueve olas no resuelve esa condición, pero la dignifica: nos permite ver nuestras contradicciones no como patología sino como geología --- nueve edades del universo, todas todavía en sesión, en un solo cuerpo.
Y aquí entra el océano, y con él la corrección más antigua que la imagen lleva dentro. Una ola, lo han advertido los contemplativos de todas las costas, tiene una psicología peculiar: se alza, junta cresta, y en el momento de su poder olvida que es agua. Cada ola de la historia ha cometido exactamente ese error. La ola tribal creyó que la tribu era lo último; la nacional murió por la eternidad de las naciones; la industrial confundió su propio impulso con el sentido del universo. Cada ola se creyó el océano. Si la novena es distinta --- y este es el corazón de la lectura, la razón de que pertenezca a una biblioteca de la serpiente ---, lo es solo en esto: es la ola cuyo contenido es el recuerdo del océano. La conciencia de unidad no es una cresta más reclamando supremacía. Es la cresta en la que el agua, por primera vez en toda la ascensión de nueve pisos, mira hacia abajo a lo largo de su propio alzarse y dice: todo esto era yo.
Los videntes mayas escrutaban el cielo esperando los retornos de Kukulcán, la serpiente en quien cielo y tierra son un solo cuerpo, y marcaban las junturas del tiempo con nueve dioses que llegan juntos cuando una era gira. No podemos saber qué pensarían exactamente de las olas de un biólogo sueco, ni de nosotros. Pero podemos situarnos donde nos construyeron para estar --- en la explanada, en el equinoccio, al pie de nueve niveles de piedra --- y recibir la enseñanza que sobrevive a todas las traducciones. La luz baja la escalinata entera. No se salta ningún nivel. Y cuando alcanza la base, donde la más antigua serpiente de piedra aguarda con las fauces abiertas, la multitud enmudece, todas sus olas a la vez: células, mamíferos, tribus, naciones, y esa cosa novísima y brevísima --- la parte de nosotros que reconoce el océano cuando lo ve.
La novena ola no está por llegar. Según su propia aritmética, ya está aquí --- la ola más corta, la que está hecha a la medida de una vida humana. Lo cual significa que su pregunta no es cuándo, sino la que toda ola le ha hecho siempre al agua en su cresta:
ahora que recuerdas --- ¿cómo vas a romper?
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